Respuesta al post "Con esos amigos..." en el blog amigo No, ¡cómo no!
...para Adolfo
Pues con mi muy limitado conocimiento de política, sólo puedo opinar que sin duda nuestro país se encuentra en una situación "suigéneris", o más bien, es la historia más vieja del mundo: políticos vinculados con la farándula y vendiendo su imagen cual galanes de telenovela, populistas enardeciendo multitudes adormecidas y el negro y el blanco queriéndose fusionar para acabar siendo, al fin y al cabo, gris.
Lo que sí me queda claro, es que, visto el nulo conocimiento que tienen casi todos nuestros políticos de la historia mexicana -lo cual se vio patente en una celebración del bicentenario sin estrategia alguna ni proyecto nacional- irá ganando terreno el que más se aproveche de esta gran arma.
Nuestro locuaz expresidente Fox tuvo a bien renunciar a la Plaza de la Constitución, la cual había sido a través de la historia -y permanece en la memoria nacional colectiva- como el centro del poder de la federación. Le entregó la gran plancha al oriundo de las tierras pantanosas en charola de plata, renunciando prácticamente a la autoridad que le había sido dada con su investidura presidencial.
¡Ah! pero nadie contaba con la astucia de don Chelo Ebrard, que ya se ha mandado hermosear su propio podio de honor desde el cual emitirá sus muy sentidos discursos de candidatura: el monumento a la Revolución. Antes despreciado y menospreciado, ahora está convertido en un reluciente recinto digno de convertirse en el nuevo símbolo del poder y de robarle adeptos al tan desgastado símbolo del zócalo, agotado ya de su reciente era "pejista".
Ahora, que Cometín, Jimmy Neutron, el gaviota, o como se le quiera llamar, también parece no haber pasado de noche sus clases de historia. En su gobierno, Peña Nieto ha implementado consistentemente una estrategia cultural a través de la edición de libros con motivo del bicentenario y aparenta tener idea de lo que significa un proyecto de nación a través de la cultura. Al menos éste sí leyó la biografía de Vasconcelos -o al menos se platicaron... Ya se verá si realmente ha descubierto el hilo negro de la estrategia de unidad de nación: el forjar un imaginario de la identidad nacional a través de la cultura -el cual, no es de ninguna manera un "hilo negro"... Leamos historia.
Y ¿el PAN? ¿Qué se traerá entre manos? (?????????) O es que acaso ¿trae algo entre manos? Esperemos que al menos sepa de pantones y mezclas cromáticas: mezclar negro y blanco siempre dará gris, gris, GRIS.
En fin, lo único que puedo augurar, con mi muy limitado conocimiento de política, es que las próximas elecciones presidenciales de México pondrán los ratings a tope y resultarán en un evento kafkiano bastante interesante... AH NO, ¡¡CÓMO NO!!
Ma. del Pilar Cuairán Chavarría, su servilleta.
Los cuernos del caracol
Ideario. Sacando al sol algunos pensamientos, ideas, ocurrencias y reflexiones de
la vida diaria pretendiendo ahondar en la cotidianidad y sus avatares.
Sacando los cuernos al sol...
miércoles, noviembre 17, 2010
Un primer post...
¿Por qué "bloggear"?
...para Adolfo y Santiago
En un impulso suscitado de la curiosidad por explorar -al fin- el blog de un muy querido y admirado amigo, después de que por alguna razón desconocida una parte de mí se resistía a penetrar este mundo (el cyber-mundo del blog), decidí abrir el mío. Me dije: "No, ¡cómo no!" pensando en este mismo amigo -que orgullosamente tomó ésta, mi frase, para nombrar su blog- y me decidí a hacerlo. Total, las instrucciones a seguir no parecían para nada complicadas. Sin embargo, una serie de preguntas complejas me empezaron a abordar...
¿Qué escribiría en él? Supuse que "de todo un poco" -como bien se mal-usa esta expresión ya para todo, siempre que, por comodidad, no se quiera especificar. ¿Quién sería mi público? Mmm... buenísima pregunta. Supuse que los amigos a quienes yo les avisara que acababa de abrir un blog, de los cuales se decantaría -supuse de nuevo- la gran minoría que realmente se diera a la tarea de explorarlo de vez en cuando y "postear" un comentario que expresara su legítimo interés por lo que fuera que hubiere yo publicado. Ahora, ¿qué imagen le daría? Tendría, obviamente, que tener un diseño cool, digno de una arquitecta estudiante de Maestría en Estudios de Arte. No podía dar la imagen de ordinario o, aún peor, kitsch; o como dice otro muy querido amigo: chabacano (alejado años luz del buen gusto).
¿Sería anónimo? Con esto de las paranoias de la inseguridad virtual y la utilización del Facebook como un catálogo informativo e ilustrado para la fácil planeación del secuestro... Pero... ¿y si lo que yo escribiera terminara siendo muy bueno y digno del Ortega y Gasset de periodismo digital al lado de Yoani Sánchez y su "Generación Y"? (Por cierto, una joya digna de visitarse continuamente.) Mi sorpresa fue grande al descubrir la gran cantidad de premios que existen ya para este tipo de escritura; y en seguida me pareció absurda mi sorpresa, ¡era obvio que tendría que ser así! Mi imagen del escritor con pluma y papel adquirió un aire nostalgia en mi mente y al mismo tiempo me llenó de ilusión: mis horizontes de escritora amateur se ampliaban cada vez más. ¿Y los derechos de autor? No, por qué ocultar mi identidad. Sin embargo, el anonimato de pronto es un cobijo de libertad de expresión... Supuse en esta ocasión que era preferible ser valiente y perderle el miedo al ridículo. Al fin y al cabo, aún no tengo claras las estrategias de publicidad pertinentes para hacerme de seguidores.
La pregunta más difícil de todas: ¿Qué nombre ponerle al blog? Ésta podía ser una cuestión trascendente, realmente significativa; o bien, no resultar tan importante del todo. Al fin y al cabo, si lo que escribía era bueno, no necesitaba el aval de pertenecer a un blog con un nombre cool. Sin embargo, la estrategia de un nombre original, simpático, intrigante o al menos pegajoso, resulta útil para atraer lectores o despertar curiosidad. Supuse que si se trataba de mi blog, debía tener un nombre que fuera, primero que nada, especial para mí. "Los cuernos del caracol"... En algún lugar de mi interior se encuentra una explicación concreta de porqué es especial para mí. Podía dar la razón poética como: "el caracol saca sus cuernos al sol, a la luz, a la verdad, sin vergüenza..."; o podía salir con que el caracol va "a paso lento pero seguro, como todos nosotros en el caminar de la vida". Mmm... Otra idea: el caracol tiene una concha, todos la tenemos y la utilizamos para ocultarnos en ella; pero cuando queremos decir algo, sacarlo a la luz, sacamos "nuestros cuernos al sol"; es decir, salimos de nuestra concha y dejamos ver al mundo nuestro verdadero ser -o al menos así debería de ser. Al final, supuse que tendría que aceptar que el nombre "los cuernos del caracol" me gusta porque me gustan los caracoles, me gusta que tengan cuernos, y la cancioncilla simplona de "caracol, caracol, caracolito [...] ¡ay! qué bonito, ¡SACA TUS CUERNOS AL SOL! ¡SACA TUS CUERNOS AL SOL!", me trae recuerdos de mi más tierna infancia. No ocultaré tampoco que no hace mucho tiempo, acuñé en complicidad de mi amado Enrique el término "caracolear", el cual se conjuga ahora en todos los tiempos del indicativo y del subjuntivo. Un día, después de habérsenos hecho costumbre la siesta por largas horas de la tarde en el sofá blanco de su casa, le dije frustrada por la falta de actividad: "¡Estoy harta de todos los sábados y domingos jugar al caracol!" Una despatarrada carcajada lleno el ambiente y marcó la institución del término "caracolear", con un significado híbrido entre "echar la siesta", echarse en el sillón y arrastrarse de vez en cuando por el mismo para asomar la cabecilla por la ventana y averiguar si ya es de noche y sigue siendo de día. Ya le tengo demasiado cariño al término caracolear además de que me produce un peculiar orgullo haberlo inventado. "Los cuernos del caracol", pues, sería el nombre elegido.
Al final del día, el blog nació a través de muchas suposiciones. El caso es que después de todas ellas, ahí estaba, "Los cuernos del caracol". Mi diseño cool se limitó a un simpático pastito y unas florecillas de dientes de león. Tal vez en algún momento repte a través de ellas algún caracolillo. Ya sin suposiciones decidí que escribiría lo que yo quisiera, que mi público sería mi propio disfrute y algún que otro amigo al que quisiera expresarle algún chistorete "local" o reflexión personalizada. Ya si en algún momento me hacía de fervientes adeptos trataría de universalizar el contenido; pero eso sí, jamás perdería mi gusto por escribir por el sólo hecho de escribir y sería fiel a lo que quisiera expresar de mi ronco pecho.
Chabacano o no, y sin anonimatos, terminé de afinar detalles de tipografía y colores a Los cuernos del caracol.
Vaya sorpresa que me llevé al ver que un blog con el mismo nombre ya existía. Creado en marzo del 2009 y sin una sola entrada ni seguidores pertenece a un programa de radio de Segovia con el mismo nombre. Decidí arriesgarme. Ya tenía bastante digerido el nombre que escogí.
Y me dije: ahora sí, ¡a "bloggear"! Y vaya problema. ¿De qué hablar en el primer "post"? Además, no había tomado en cuenta que, para empezar, el "bloggear" nos introduce en un totalmente nuevo código semántico y lingüístico. "Postear", "bloggear", "taggear", entre muchísimas más expresiones que denotan tal vez un empobrecimiento de lenguaje muestran también el "enriquecimiento" de nuestra capacidad comunicadora y de expresión masiva. ...
"Expresión masiva"... Interesante y paradójico término. Por una parte, expresamos ideas que ponemos al alcance de -literalmente- todo el mundo; por otro, nos ocultamos detrás de la computadora desde la comodidad de cualquier sillón o escritorio. Tener un blog empezó a parecerme una necesidad en este "mundo globalizado" y una especie de ansiedad por "quedarme atrás" se apoderó de mí por un momento. Tengo Facebook pero no tengo -ni me inspira tener por ahora -el famosísimo "Twitter". Con eso de la Blackberry "fever", el BB Pin, y los "tweets", me rehuso a convertirme en parte de esa manada de encorvados que no ven más allá de su nariz porque literalmente sólo miran hacia la pantalla de su Blackberry. Más pronto cae un hablador que un cojo y seguramente por la misma ansiedad de "no quedarme atrás" acabaré por tener una BB y una cuenta de Tweeter.
En fin, atrás o no atrás, ya tengo un blog, y lo tendré hasta sus últimas consecuencias. Diré -escribiré- ya sin tapujos, cursivas ni comillas las palabras, bloggear, postear, taggear, cool, tweetear, caracolear, etc. y perteneceré sin reservas a la comunidad de bloggers con todo y sus nuevos códigos lingüísticos y semánticos. Y espero que no le suceda a mi blog lo que a mi precursor "cuernos de caracol", que se quedó impávido por ya casi dos años, sin adeptos ni entradas. ¡Que se me haga a boca chicharrón!
María del Pilar Cuairán Chavarría
P.D. aclaratoria: La frase "No, ¡cómo no!" en realidad no fue acuñada por mí. Un muy querido amigo -el mismo que dice chabacano, y tampoco es acuñado por él- fue el que hizo popular en mi hablar el "No, ¡cómo no!", mismo que no le deja de parecer muy simpático al autor del blog con este nombre. El mérito de mi amigo, el transmisor primario del "No, ¡cómo no!", ha sido no inventar las expresiones -ya nada es inventado a estas alturas de la historia- sino el ser ese tan simpático y pícaro catálogo de las expresiones precisas, dueñas de mi afecto y simpatía.
...para Adolfo y Santiago
En un impulso suscitado de la curiosidad por explorar -al fin- el blog de un muy querido y admirado amigo, después de que por alguna razón desconocida una parte de mí se resistía a penetrar este mundo (el cyber-mundo del blog), decidí abrir el mío. Me dije: "No, ¡cómo no!" pensando en este mismo amigo -que orgullosamente tomó ésta, mi frase, para nombrar su blog- y me decidí a hacerlo. Total, las instrucciones a seguir no parecían para nada complicadas. Sin embargo, una serie de preguntas complejas me empezaron a abordar...
¿Qué escribiría en él? Supuse que "de todo un poco" -como bien se mal-usa esta expresión ya para todo, siempre que, por comodidad, no se quiera especificar. ¿Quién sería mi público? Mmm... buenísima pregunta. Supuse que los amigos a quienes yo les avisara que acababa de abrir un blog, de los cuales se decantaría -supuse de nuevo- la gran minoría que realmente se diera a la tarea de explorarlo de vez en cuando y "postear" un comentario que expresara su legítimo interés por lo que fuera que hubiere yo publicado. Ahora, ¿qué imagen le daría? Tendría, obviamente, que tener un diseño cool, digno de una arquitecta estudiante de Maestría en Estudios de Arte. No podía dar la imagen de ordinario o, aún peor, kitsch; o como dice otro muy querido amigo: chabacano (alejado años luz del buen gusto).
¿Sería anónimo? Con esto de las paranoias de la inseguridad virtual y la utilización del Facebook como un catálogo informativo e ilustrado para la fácil planeación del secuestro... Pero... ¿y si lo que yo escribiera terminara siendo muy bueno y digno del Ortega y Gasset de periodismo digital al lado de Yoani Sánchez y su "Generación Y"? (Por cierto, una joya digna de visitarse continuamente.) Mi sorpresa fue grande al descubrir la gran cantidad de premios que existen ya para este tipo de escritura; y en seguida me pareció absurda mi sorpresa, ¡era obvio que tendría que ser así! Mi imagen del escritor con pluma y papel adquirió un aire nostalgia en mi mente y al mismo tiempo me llenó de ilusión: mis horizontes de escritora amateur se ampliaban cada vez más. ¿Y los derechos de autor? No, por qué ocultar mi identidad. Sin embargo, el anonimato de pronto es un cobijo de libertad de expresión... Supuse en esta ocasión que era preferible ser valiente y perderle el miedo al ridículo. Al fin y al cabo, aún no tengo claras las estrategias de publicidad pertinentes para hacerme de seguidores.
La pregunta más difícil de todas: ¿Qué nombre ponerle al blog? Ésta podía ser una cuestión trascendente, realmente significativa; o bien, no resultar tan importante del todo. Al fin y al cabo, si lo que escribía era bueno, no necesitaba el aval de pertenecer a un blog con un nombre cool. Sin embargo, la estrategia de un nombre original, simpático, intrigante o al menos pegajoso, resulta útil para atraer lectores o despertar curiosidad. Supuse que si se trataba de mi blog, debía tener un nombre que fuera, primero que nada, especial para mí. "Los cuernos del caracol"... En algún lugar de mi interior se encuentra una explicación concreta de porqué es especial para mí. Podía dar la razón poética como: "el caracol saca sus cuernos al sol, a la luz, a la verdad, sin vergüenza..."; o podía salir con que el caracol va "a paso lento pero seguro, como todos nosotros en el caminar de la vida". Mmm... Otra idea: el caracol tiene una concha, todos la tenemos y la utilizamos para ocultarnos en ella; pero cuando queremos decir algo, sacarlo a la luz, sacamos "nuestros cuernos al sol"; es decir, salimos de nuestra concha y dejamos ver al mundo nuestro verdadero ser -o al menos así debería de ser. Al final, supuse que tendría que aceptar que el nombre "los cuernos del caracol" me gusta porque me gustan los caracoles, me gusta que tengan cuernos, y la cancioncilla simplona de "caracol, caracol, caracolito [...] ¡ay! qué bonito, ¡SACA TUS CUERNOS AL SOL! ¡SACA TUS CUERNOS AL SOL!", me trae recuerdos de mi más tierna infancia. No ocultaré tampoco que no hace mucho tiempo, acuñé en complicidad de mi amado Enrique el término "caracolear", el cual se conjuga ahora en todos los tiempos del indicativo y del subjuntivo. Un día, después de habérsenos hecho costumbre la siesta por largas horas de la tarde en el sofá blanco de su casa, le dije frustrada por la falta de actividad: "¡Estoy harta de todos los sábados y domingos jugar al caracol!" Una despatarrada carcajada lleno el ambiente y marcó la institución del término "caracolear", con un significado híbrido entre "echar la siesta", echarse en el sillón y arrastrarse de vez en cuando por el mismo para asomar la cabecilla por la ventana y averiguar si ya es de noche y sigue siendo de día. Ya le tengo demasiado cariño al término caracolear además de que me produce un peculiar orgullo haberlo inventado. "Los cuernos del caracol", pues, sería el nombre elegido.
Al final del día, el blog nació a través de muchas suposiciones. El caso es que después de todas ellas, ahí estaba, "Los cuernos del caracol". Mi diseño cool se limitó a un simpático pastito y unas florecillas de dientes de león. Tal vez en algún momento repte a través de ellas algún caracolillo. Ya sin suposiciones decidí que escribiría lo que yo quisiera, que mi público sería mi propio disfrute y algún que otro amigo al que quisiera expresarle algún chistorete "local" o reflexión personalizada. Ya si en algún momento me hacía de fervientes adeptos trataría de universalizar el contenido; pero eso sí, jamás perdería mi gusto por escribir por el sólo hecho de escribir y sería fiel a lo que quisiera expresar de mi ronco pecho.
Chabacano o no, y sin anonimatos, terminé de afinar detalles de tipografía y colores a Los cuernos del caracol.
Vaya sorpresa que me llevé al ver que un blog con el mismo nombre ya existía. Creado en marzo del 2009 y sin una sola entrada ni seguidores pertenece a un programa de radio de Segovia con el mismo nombre. Decidí arriesgarme. Ya tenía bastante digerido el nombre que escogí.
Y me dije: ahora sí, ¡a "bloggear"! Y vaya problema. ¿De qué hablar en el primer "post"? Además, no había tomado en cuenta que, para empezar, el "bloggear" nos introduce en un totalmente nuevo código semántico y lingüístico. "Postear", "bloggear", "taggear", entre muchísimas más expresiones que denotan tal vez un empobrecimiento de lenguaje muestran también el "enriquecimiento" de nuestra capacidad comunicadora y de expresión masiva. ...
"Expresión masiva"... Interesante y paradójico término. Por una parte, expresamos ideas que ponemos al alcance de -literalmente- todo el mundo; por otro, nos ocultamos detrás de la computadora desde la comodidad de cualquier sillón o escritorio. Tener un blog empezó a parecerme una necesidad en este "mundo globalizado" y una especie de ansiedad por "quedarme atrás" se apoderó de mí por un momento. Tengo Facebook pero no tengo -ni me inspira tener por ahora -el famosísimo "Twitter". Con eso de la Blackberry "fever", el BB Pin, y los "tweets", me rehuso a convertirme en parte de esa manada de encorvados que no ven más allá de su nariz porque literalmente sólo miran hacia la pantalla de su Blackberry. Más pronto cae un hablador que un cojo y seguramente por la misma ansiedad de "no quedarme atrás" acabaré por tener una BB y una cuenta de Tweeter.
En fin, atrás o no atrás, ya tengo un blog, y lo tendré hasta sus últimas consecuencias. Diré -escribiré- ya sin tapujos, cursivas ni comillas las palabras, bloggear, postear, taggear, cool, tweetear, caracolear, etc. y perteneceré sin reservas a la comunidad de bloggers con todo y sus nuevos códigos lingüísticos y semánticos. Y espero que no le suceda a mi blog lo que a mi precursor "cuernos de caracol", que se quedó impávido por ya casi dos años, sin adeptos ni entradas. ¡Que se me haga a boca chicharrón!
María del Pilar Cuairán Chavarría
P.D. aclaratoria: La frase "No, ¡cómo no!" en realidad no fue acuñada por mí. Un muy querido amigo -el mismo que dice chabacano, y tampoco es acuñado por él- fue el que hizo popular en mi hablar el "No, ¡cómo no!", mismo que no le deja de parecer muy simpático al autor del blog con este nombre. El mérito de mi amigo, el transmisor primario del "No, ¡cómo no!", ha sido no inventar las expresiones -ya nada es inventado a estas alturas de la historia- sino el ser ese tan simpático y pícaro catálogo de las expresiones precisas, dueñas de mi afecto y simpatía.
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